Día lluvioso
Suena la música en mis oídos, y oigo la lluvia caer en mi cabeza. El motor de la enorme bestia que me lleva en sus entrañas, junto a otras pobres almas, suena como si no hubiera mañana. El agua corre por la calle (Dios, concédenos un sistema de drenaje) y arrastra los despojos de la cuidad. Es un torrente de agua negrusca y cochina. Negrusca, tornasolada e indefinida, porque, ¿quién sabe que porquerías arrastra?. Arrastra el aceite que se escurrió de los autos. El chorrito de gasolina que se le escapó al que despacha. El dulce que, al caer, arranco lágrimas de un niño. Las lágrimas de cocodrilo de algún mendigo y las del amante herido. Arrastra el bolso abandonado en la frenética huida del ladrón y el tacón roto de la mujer que enfurecida se atrevió a corretearlo. Aquel torrente de agua negrusca, cochina e indefinida se parece a mi consciencia, porque ya ni yo quiero saber que porquerías arrastra.
